Putin reordena mesa del poder en Rusia, y se reserva una silla de honor

Un par de palabras del presidente ruso, Vladimir Putin, pronunciadas ayer durante su discurso anual, bastaron para desencadenar el mayor reajuste de la institucionalidad rusa desde 1993, que comenzó solo un par de horas después con la renuncia del primer ministro, Dmitri Medvédev y del resto del gabinete.

En su alocución, el mandatario propuso reformar la constitución que, entre otras cosas, reduciría el poder de la presidencia, fortaleciendo el del parlamento de diputados, o Duma, el órgano legislativo.

Hasta el momento, como explica el experto ruso Vladimir Rouvinski, profesor de relaciones internacionales de la Universidad Icesi, la elección del primer ministro parte del presidente, mientras que la Duma se limita a aceptarlo o rechazarlo. La reforma implicaría que fuera el propio parlamento el que definiera este cargo.

Sin embargo, ayer mismo, Putin hizo uso de los superpoderes que pretende revocar: postuló como nuevo primer ministro a Mijaíl Mishustine, un discreto funcionario, actualmente jefe de servicios fiscales, cuya hoja de vida solo era accesible en ruso hasta antes de ser anunciado. En principio, Mishustine no tendría problemas para ser refrendado por un Parlamento alineado con el presidente que lo propuso.

Proyectar el futuro

Los últimos 20 años de la historia rusa han tenido como antetítulo el nombre de Vladimir Putin. Su mandato es el segundo más largo en la historia del país, solo detrás del de Iosif Stalin durante la Unión Soviética.

Ahora, según dijo ayer el mandatario, Rusia está “lo suficientemente madura” para un cambio. Pero esta redistribución de las cargas de poder, reduciendo su concentración en la presidencia, llega justamente cuando Putin está cerca de abandonar el cargo.

De acuerdo con las normas vigentes, el mandatario no podrá aspirar a una nueva reelección en 2024, lo que de acuerdo con Jochen Klenshmidt, internacionalista experto en Rusia de la Universidad del Rosario, pone al dirigente en la posición de encontrar un nuevo modelo. Uno en el que su sucesor no tenga la posibilidad de controlar el país como él lo ha hecho durante las últimas décadas.

Para eso, además del fortalecimiento del Parlamento, la reforma constitucional limita la reelección, restringiéndola a dos periodos como máximo. Hasta el momento, era posible presentarse para un tercer mandato si se dejaba pasar en medio un periodo presidencial, como hizo el propio Putin cuando fungió como primer ministro entre 2008 y 2012.

El referendo también impondría condiciones geográficas: cualquier aspirante a presidente tendría que probar que ha vivido los últimos 25 años en Rusia, y los miembros del gobierno y los jueces perderían permisos de estadía en el extranjero.

Con esto, según explica Rouvinski, se busca quitarle a Estados Unidos una de sus armas más fuertes contra sus rivales geopolíticos: las sanciones económicas, como las que aplicó tras la anexión que Rusia hizo de Crimea en 2014, cuando bloqueó las cuentas bancarias que funcionarios rusos tenían en el extranjero.

Otro de los cambios claves sería frente a los tratados internacionales, incluso los ya firmados, cuyo cumplimiento quedaría condicionado a que no “contradigan la legislación rusa”. De este modo, se abre la puerta para que el país evada miradas incómodas, como la que mantiene la Corte Europea de Derechos Humanos.

Sumados todos los cambios, la estrategia puesta en marcha ayer por el Kremlin equivale a una “revolución sin derramamiento de sangre”, como la describió la jefa de la televisión estatal, Margarita Simonyan.

Se trata de un vuelco completo a la institucionalidad, que, sin embargo, mantendrá de acuerdo con los expertos una constante: Putin. El poder, señala Klenshmidt, migrará con él hacia el cargo que escoja en 2024, que según algunas fuentes podría ser el llamado Consejo de Estado, un órgano consultivo sin mayores atribuciones actualmente.

En Rusia, coinciden los expertos, la unidad de medida más precisa para la política es la edad. Con 67 años, el poder construido por Putin durante dos décadas, y proyectado para el futuro, mantiene sobre sí la duda de lo que pasará cuando el líder no esté para ordenar la mesa.

FUENTE EL COLOMBIANO

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